Si efectivamente corresponde al clérigo y asceta Juan de Ávila, beatificado en 1894, se trata de un retrato póstumo puesto que pintor y modelo no coincidieron en vida. La composición responde a la fijada por el Greco: personajes de busto o medio cuerpo recortados ante un fondo neutro, y con la luz incidiendo en rostro y manos para conseguir mayor expresividad.