"En el año 1826, el aragonés hizo un rápido viaje a Madrid desde su exilio en Burdeos para arreglar su pensión como pintor de cámara, ocasión que aprovechó el maestro valenciano para pintarle esta efigie, con destino al museo real, como homenaje y reconocimiento a su figura, que quedaría así consagrada para siempre entre los muros del museo del Prado". (José Luis Díez García, 2007: 128)